Gaspo: Todo el sacrificio que hago, es por el equipo 

 

Yo soy Petotito: Y sí, soy el chancho con pelos, quién voy a ser. En bolas, las patas abiertas y tendido en esta parrilla del orto ¿quién querés que sea, Natacha Jaitt? Por favor, seamos menos pelotudos. Y si te da impresión la foto mirá para otro lado y dejémonos de joder.
Efectivamente, el chancho con pelos o Petotito, ese soy yo, mejor dicho ese era hasta el sábado a la mañana. Hasta ese puto sábado en que vivía lo más choto, trotando, morfando y garchándome a las chanchitas que se me antojaran,  a algún perro distraído, alguna que otra gallina, libre como una libélula, en paz con la naturaleza, la reputísima madre que los pario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero es al pedo, la armonía es una rara avis y el Universo tiende al quilombo, así ocurren las cosas. Esa mañana de mierda viene el inútil del Patrón y me dice: “Petotito hay que hacer Patria, tenemos que darle de comer a Pancho Carbonel” “¿Y quién carajo es Pancho Carbonel?”, le pregunto yo. Pensé que estaba en pedo, porque el Patrón es de darle al escabio,  entre consulta y consulta del hospital se va a la boite principal del pueblo, que se llama Aeropuerto, y se clava unos destornilladores. “Vos tranqui”, me dice, pero yo ya había visto que en la mano izquierda llevaba la cuchilla de 30 cm. ¿Y qué iba a hacer? ¿A ver, genio? ¿Iba a pedir un habeas corpus?  Si la vida de la gente hoy no vale una poronga, imaginate la de un chancho con pelos. Tanto compañerismo, tantos paseos compartidos, tantas confesiones, todo fue a parar a la reverenda mierda y el desalmado ahí nomás me desgració.

¿Cuál era el motivo? ¿Por qué la decisión abrupta de tronchar una vida en su momento de más brillo? Parece que al pelotudo se le ocurrió organizar un desafío de fútbol entre unos amigos de su pasado universitario de La Plata y una escuadra local;  y luego, de cierre y colofón, un chancho con pelos asado, o sea -la re puta madre que los parió- yo mismo.

Así, tipo 11 de la mañana, por la colectora de la ruta 7 y levantando polvareda se aparecieron los tres vehículos de estos chabones, se estacionaron con frenada pretenciosa y de ellos descendieron unos sujetos pálidos, de gafas oscuras, todos vestidos de negro, parecían un clan narco en crisis vocacional, un congreso de peluqueros dark, cualquier cosa menos jugadores de fobal. Yo desde la parrilla empecé a cagarme de la risa. Medio amanerados y pronunciando muchas eses, los visitantes se acercaron al nabo del Patrón y luego de saludarlo con un besito en la mejilla comenzaron a intercambiarse cremas musculares y analgésicos, miraban muchas veces los wasap, donde consultaban por la salud de los que no habían podido viajar por sufrir ataques de pánico y problemas psicológicos de la infancia,  y cada tanto se relojeaban el jopo en espejitos.

Como dije, yo me cagaba de risa a más no poder porque sabía quienes eran los rivales que el Patrón les había elegido a estos manfloros. Sí señor, no eran otros que los depredadores de ollas, los asesinos seriales de achuras, el impresentable equipo de los Gordos de la Municipalidad. Famosos por perder en todas las canchas y ganar en todas las peñas, los reyes de las bolas de fraile y la pizza rellena. Para que se den una idea del porte de estos gladiadores, para entrarlos y sacarlos del edificio municipal el personal de maestranza les enjabona los marcos de las puertas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


En fin, que en un momento los Gordos se acercaron a la parrilla a vigilar el almuerzo y los escuché con claridad: sólo venían por el asado. El fútbol era la excusa perfecta para desplegar todo su poderío, su verdadero talento, que era morfarme a mí, fíjense si es cruel y de mierda la vida del animal de campo.

Respecto al partido, se imaginarán que  boca abajo, rodeado de chapas y cagado de calor no estaba en una posición ventajosa para analizar el fútbol. Solo me interesó un flaquito de pelo cortado a cero de la visita que jugaba al medio y que se lesionó en el segundo tiempo. Claramente un jugador distinto, que en el acelere empastillado de estos manfloros hacía la pausa precisa y daba pases propios de fútbol europeo. Después no había que ser muy despierto para adivinar que los asesinos de achuras iban a caerse estrepitosamente en el segundo tiempo, cosa que sucedió y el encuentro terminó en goleada.

Lo que vino después es difícil de describir. Los gansos, los teros y las gallaretas fueron testigos de Apocalipsis que se desató en aquellos dos tablones bajo los árboles. Como era de esperar, la ecuación plasmada  en el campo de juego ahora se invertía, de entrada los gordos municipales a fuerza de mandíbula y glándula salivar marcaron el ritmo y se hicieron fuertes, pero los afeminados de negro tampoco se quedaban atrás. Mis 225 kilos de peso neto descalzo desaparecieron casi por completo en 15 minutos, además se libaron unas veinte botellas de tinto, una damajuana de dudosa procedencia, arrasaron con dos plantas de pomelos, y una de limones. La mujer del Patrón trató de detener la devastación acercando un metro cuadrado de pastafrola de dulce de batata recién sacada del horno, pero nada pudo contra las fuerzas naturales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



Como vergonzoso colofón, sucedió lo del tupper. Una cosa patética: ya entrada la noche, uno de los integrantes del equipo de los peluqueros al que llamaban el Bicho, ingresó de prepo al quincho y con una risotada brutal que llenó de terror a varios pendejos de la familia que se refugiaron bajo la mesada, llenó dos tupper con lo que quedaba de mi carne doliente para seguidamente subir a un móvil y perderse en la noche.

Como habrá sido la impresión que causo en estos mocosos, que en las chacras de la zona ya ha comenzado a circular la leyenda de “el señor del tupper” junto con “la luz mala” y “la llorona”. La gente de campo es así, está mucho al tiempo al pedo y es de sugestionarse, sobre todo la juventud. Parece que después de la retirada de la visita, entre los pendejos de mierda estos también comenzó a circular un juego tanto o más jodido que el de La Ballena que tantos problemas ha traído, al punto de provocar suicidios. Es el siguiente: el pendejo en cuestión se cubre la cabeza y el cuerpo con una sábana negra y al grito de “Soy el Hijo del Viento”, corre por el campo en línea recta hasta darse el marote contra el tronco de un eucaliptus. El que se desmaya  gana.

Bueno, eso es más o menos todo. Yo lamentablemente fui, ya soy boleta, pero espero que por el bien del campo bonaerense estos enfermos no se aparezcan nunca más por la zona, a ver si todavía se quedan. Porque al pelotudazo del Patrón se le da por albergar a gente que anda dando vueltas por ahí, una vuelta se apareció con un hippy de Nueva Zelanda, un muerto de hambre que se quedó como tres años. El último fue un piloto de avioneta brasileño, que parece que venía en un vuelo desde Paraguay transportando unos ladrillos y los milicos de acá, al parecer medios en pedo, le tirotearon el fuselaje.  ¿Para qué detener a alguien que viene a invertir en la zona trayendo materiales para la construcción, digo yo?

En fin, que ya estoy escribiendo demasiadas boludeces, como dije yo ya soy historia, lo único que queda por ahí es mi cabeza, que los peones del campo usan para practicar tiros libres con barrera en la canchita de atrás del quincho. Y eso es todo, una existencia absurda, una vida al pedo, solo quería compartir esta última anécdota. Bueno, chau che.  Ah, no, antes una última cosita, ¿dónde sale publicada esta poronga? ¿Quién lee este pasquín? Ustedes también váyanse a la re puta madre que los parió.