Trenzas de Crema Pastelera

 

 

Y un día la encontré.

 

 

La busqué más de 20 años, pateando todas las veredas.

 

Varias veces me sobresalté creyendo divisarla en el relumbrón dorado de tantas marquesinas; otras tantas terminé decepcionado por el truco cruel que me jugaron las luces combinadas con el brillo del asfalto, la bruma de la noche o la lluvia que caía.

 

Pregunté en las esquinas de acá y del mundo. Un montón de gente dio por extinguidas mis esperanzas. Me decían que habían dejado de verla desde hacía mucho tiempo. Que seguramente el público, cruel en su exitismo, la olvidó tan rápido como fue de fulgurante su ascenso a la fama.

 

Los expertos, la alta crítica, los fabricantes de éxitos, que otrora se amontonaban para exaltarla, la desconocían cual apóstol Pedro a la hora del gallo. Fingían ignorarla para despegarse de cualquier sospecha sobre su propio pasado.

 

Los que fueron sus seguidores más fanáticos, sectas urbanas cautivadas por su brillo, pasaron a las filas de los indiferentes por su suerte. Y los que la denostaban como una exageración de la época, a los que me enfrenté en tantas ocasiones, simplemente se burlaban de mí por lo que siempre consideraron un sentimiento inexplicable.

 

Internet no ayudó, por el contrario, el vacío de información en la web me llevó a la desesperación, casi convencido de su abandono. Si no está en el éter y no está en el planeta, adónde fue?

 

En ciertas oportunidades, ante mis preguntas, reconocí en mi ocasional interlocutor una mirada huidiza como si me dijera: “hace mucho que la busco yo también”. Pero rápidamente evitaban el tema. El tiempo había pasado, todo quedó atrás, para qué insistir inútilmente buscando recuperar lo perdido.

 

Y cuando me hundía en la ciénaga del desasosiego, transitando el definitivo camino desde el desaliento hasta la resignación, a una  cuadra y media (sí, así como lo leen, a una cuadra y media) de la oficina la encontré.

 

La TRENZA DE CREMA PASTELERA (símil rosca de reyes pero rectangular) brillaba sobre el escaparate de vidrio, con la maza cobriza cocida al punto justo y la crema pastelera coronada por las guindas rojas que evitan el conflicto al cortar las porciones, marcando la simetría de la justa distribución de la riqueza a la hora del mate.

 

Y por esas paradojas de la vida que son un mensaje del destino, el lugar no podía ser otro que uno con nombre bien cascarudo: “Panadería LAS VICTORIAS”, de Talcahuano y Paraguay (delivery).

 

Tuvo que pasar todo este tiempo, desde cuando La Maison era el faro intelectual y deportivo que iluminaba las diagonales platenses.

 

Pero finalmente la vida está en orden. Y cuando llego a casa, mientras la stopper pone la pava y las inferiores se agolpan a la espera de alguna novedad gastronómica, les puedo decir: “tranquilos, hoy fui temprano y la traje conmigo” y despliego ese símbolo universal de la pastelería en el centro de la mesa. Hasta el perro pide una porción desde el patio.

 

 

Pancho emocionado, en homenaje a los maestros panaderos autores de tan noble producto.